Tengo la sensación que los arquitectos adolecemos del mal de querer ser siempre distintos a los demás, a veces anteponiéndolo incluso a otros aspectos tanto o más importantes. A veces parece que lo más importante sea distinguirse de todo y de todos, lo cual sorprende en una profesión creativa y propositiva como la nuestra. Hoy me gustaría centrarme en las rarezas de los despachos de arquitectura como empresa.
Hace un tiempo empezó a circular un correo en el que se protestaba por las condiciones laborales de muchos arquitectos, dicho email ha suscitado varias reacciones* y una opinión que se plantea es que, de cambiar la situación laboral de los arquitectos que trabajan como (falsos) autónomos, supondrá un problema para quienes quieran montar o estén al frente de un despacho de arquitectura y por tanto muchos despachos cerrarán y/o no se crearán nuevos.
No entraré hoy a discutir la legitimidad de reivindicar algo que, por otra parte, obliga la ley (y que por tanto, de no cumplirse se incurre en delito/falta).
Lo que sí querría comentar es que la mayor parte de profesiones tienen este problema resuelto sin mayor complicación. El problema, como decía antes, es que los arquitectos nos pensamos distintos y creemos que tenemos que reinventar la rueda contínuamente. ¿Por qué nos negamos a montar empresas? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Por qué horroriza decir que la arquitectura es un negocio? A muchos arquitectos les repugna esa idea, y no se por qué. Personalmente creo, tal y como dije en este post con motivo a una cita de Zaha Hadid, que el hecho de que sea un negocio no debería tener connotaciones negativas. En la sociedad en que vivimos el dinero es imprescindible para vivir, con lo cual hay que hacer algo para ganarlo legalmente. Entre esas opciones se encuentra la arquitectura, como una profesión más (no todos somos Brad Pitt o Lenny Kravitz) . ¿O es que los arquitectos estamos por encima del bien y el mal, del hambre y la necesidad? No lo creo.